Las fiestas de los destrozacarnaval

Profesionales del insulto, fanáticos radicales... Tristes intentos de carnavaleros.

Las fiestas de los destrozacarnaval

Sólo es necesario hacer un poco de investigación de cafetería para saber que el Carnaval de Badajoz se vive de una forma apasionada. Ya sea en Badajoz, en Cáceres o en cualquier otra localidad extremeña, durante la sagrada hora del desayuno se discute y debate sobre las actuaciones de las murgas o los  bailes comparseros. En los instituos, la chavalería gritando defiende a sus agrupaciones favoritas. Sus padres, mientras tanto, se esfuerzan en no levantar la voz cuando algún compañero ensalza un grupo que no les gusta. 

 

Esta pasión, normal y comprensible, se vuelve peligrosa se traspasan las fronteras del respeto. Desgraciadamente, esto ocurre con demasiada frecuencia. 

 

No se puede reprochar que una empresa quiera obtener beneficio económico de una fiesta como la nuestra. Conscientes de que el Carnaval de Badajoz mueve mucho dinero, los medios compiten entre sí para convertirse en la principal fuente de información carnavalera, lo que se traduciría, y de esto se trata, en más anunciantes y más dinero. Sería absurdo criticar este afán pecuniario: si realizan una inversión (de la cual nos beneficiamos todos), lo lógico es que quieran rentabilizarla de la forma más óptima posible. 

 

Lo que sí que es criticable es la manera que algunos medios tienen para obtener esa meta. Es triste ver cómo desde la palestra mediática se alimentan las actitudes más radicales de algunos, o cómo de la manga se sacan absurdas polémicas. Sin pudor se insulta y se veja a muchos carnavaleros que, al margen del resultado obtenido, han trabajado duro durante muchos meses para convertir a esta fiesta en lo que es, y de la cual ellos quieren sacar tajada. Por un puñado de euros olvidan que, tras el disfraz, siempre hay una persona

 

Como ocurre con la prensa del corazón, el insulto se impone a la veracidad informativa. Otro año más, hemos visto en 2009 la actuación de una comparsa en la tamborada sin haberse presentado, hemos escuchado a una murga que decidió no participar en el concurso, o hemos visto cómo muchas agrupaciones han sido rebautizadas por algún periodista que no sabe de qué habla. Con este currículum, ¿cómo se atreven a echar por tierra el trabajo, desinteresado, de los demás, si en demasiadas ocasiones ellos no saben hacer el suyo? 

 

Lo ideal sería que estos ataques no supusiesen una nueva entrada en la hoja de ingresos, lo ideal sería que restasen un buen puñado de euros a sus beneficios. No creo que llegue a darse nunca este caso, nos gustan demasiado estas polémicas, y eso es algo que la prensa del corazón, disfrazada de información seria, sabe muy bien. 

 

Algo hay, no obstante, que nos gusta más que las críticas hechas fuera, y es hacerlas nosotros mismos. Hace años estas críticas no traspasaban el ámbito de lo privado, pero ahora, gracias a Internet, llegan a un número infinimante mayor de personas. En principio, no hay nada malo en ello, de hecho es bueno que cualquiera pueda opinar y que cualquier opinión pueda ser leída. Pero, como casi cualquier avance, tiene un lado oscuro. 

 

La defensa que de sus grupos favoritos hacen los internautas, por lo general adolescentes excesivamente hormonados, a veces no se hace con la moderación necesaria y, al igual que ocurre con los periodistas citados anteriormente, lo que debería ser un debate tranquilo se convierte en un apaleamiento público. Esta situación es incluso peor para el carnaval que la anterior, puesto que los improperios soltados por el periodista de turno a duras penas traspasan las fronteras regionales, mientras que los insultos en Internet pueden llegar a cualquier parte del mundo. Insultos que se suelen escribir obviando toda norma ortográfica o gramatical... ¿Cómo se atreven a criticar a nadie si aún no han aprendido a escribir? 

 

Lo más triste de todo es que, como nos contaba el pregonero de este año, si sólo nos fijamos en estos mensajes parece que hay una guerra abierta entre agrupaciones, cuando lo que ocurre es justo lo contrario: la relación existente es estupenda. El anonimato, necesario, en Internet propicia que ciertas personas transmitan su mala baba al resto del planeta, a pesar de que suele ser algo que no se comparte. Siempre las minorías hacen más ruído. 

 

Tanto la crítica con ánimo de lucro de los primeros como los ataques fanáticos de los segundos dañan gravemente el carnaval. La imagen que se da de estas fiestas, días de alegría para todos, se distorsiona con tanto ataque, con tanto insulto, con tanta estúpida pataleta.  

 

El carnavalero de verdad busca divertirse estos días, no va detrás de la bronca. El carnavalero de verdad quiere pasárselo bien, no se dedica al insulto. El carnavalero de verdad, se disfraza, disfruta y vive febrero... El carnavalero de verdad, ni de lejos, es como vosotros.

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