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Una prueba con luces y sombras

El López de Ayala acoge un simulacro de cómo sería un Concurso sin micrófonos

El ambiente en la puerta del teatro pacense podría ser el de una noche cualquiera en febrero. Murgueros, aficionados y medios de comunicación, todos con una entrada en la mano. La jornada del 21 de noviembre de 2017 quedará marcada en el calendario de la historia carnavalera: se realiza en el López de Ayala un simulacro de cómo sería un Concurso de Murgas sin microfonía. 


El escenario lo decoran unos grandes paneles que acercan “el techo” a los que pisan las tablas. La imagen impresiona, parece más el escenario del conocido Palacio de Congresos de la ciudad que el que nos deja habitualmente el López de Ayala.  La expectación es grande y el silencio en sala casi sepulcral, dista bastante de la realidad en las ruidosas noches de preliminares.  El patio de butacas no llega a estar lleno y en el gallinero hay medio aforo. Cinco son las murgas que se colocarán debajo de esta “concha” para probar la sonoridad.


El primer impacto lo amortiguan Los Mirinda, que hacen sonar el repertorio del pasado año. El público aplaude con cautela, como si la magia se fuera a romper junto con el silencio. Magia, sí, porque la intimidad del cante a viva voz hace parecer que cada copla es especial. La calidad vocal de los cinco grupos presentes hoy es innegable, y eso ha jugado a favor del éxito de esta prueba.


Tras Los Mirinda suben las Polichinelas, a las que relevan Al Maridi, Esto está ganao y Las ChimiXurris. Las voces ganan, pero pierde la música. La percusión suena más alto de lo habitual y, aunque es algo a lo que los espectadores no estamos acostumbrados, no llega a molestar. La peor parte se la llevan las guitarras: apenas se escuchan en el patio de butacas, algo mejor llega, dicen, al gallinero.


Porque otra cosa no, pero todas las caras habituales del Carnaval se estaban paseando por el teatro. Nadie estaba en su asiento: aparecían sus cabezas en los palcos, arriba, abajo, en primeras filas y en últimas. No se podía tocar el suelo con los pies, había que volar para comprobar si en todas partes se escucha por igual. Y no es así. El premio gordo esta vez se lo llevan los de anfiteatro. 


Los aplausos se convierten en el dilema de la noche: si suenan no se entiende lo que se canta, por lo que el público guarda sus palmas. La organización pide por favor que las hagan sonar, hay que comprobar todas las variables. Aun tímidos, los aplausos aparecen y con ellos se van los finales e inicios de algunas coplas. Si suena el público desaparece el grupo que hay sobre el escenario. Poner demasiada atención cansa a los asistentes, que en ocasiones tienen que esforzarse por entender. 


Se oye de todo. Presentaciones, pasodobles, cuplés y popurrís con despedidas. La prueba dura algo menos de dos horas. Una vez conclusa, en la puerta, el jaleo era considerable: ¿servirá para algo?, ¿tú lo has escuchado bien?, ¿dónde te sentabas, arriba o abajo?, ¿has aplaudido?, ¿y los punteos de la guitarra, qué hacemos con ellos?, ¿de dónde colgamos los telones?


Muchas preguntas sin, al menos temporalmente, respuestas. Opiniones, eso sí, para todos los gustos. Veremos si lo vivido esta noche es realmente algo factible. Sea cual sea la conclusión, lo vivido es evolución para el Concurso de Murgas.

 

Marwan, durante el ensayo sin micros de 2017:

 

Publicado el día 22-11-17 (15:54)

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